Hará ahora cinco años que recibí una carta, solicitando mi ayuda. Esta consistía en escribir un reportaje para el periódico en el que trabajo, con el que lograse aclarar algunos puntos de una serie de estudios que quedaron hace años archivados sin llegar a ninguna conclusión.
Esto fue lo que se me relató:
Madrid, a 27 de Julio de 1998
Sr. Director de “El Correo de La Mancha”
Me dirijo a usted para relatarle unos hechos acontecidos en Belmonte (de Cuenca), hace varios años.
Esto es lo que le puedo facilitar.
Durante la misa del gallo de las navidades del 78, cuando no se oía nada, el suelo del coro se vino abajo. El revuelo que se armó fue tremendo. En aquel momento, la gente que había allí sentada, cayó también con el suelo.
El incidente fue lamentable.
Aquella noche perdieron la vida cinco personas y al menos otras veinte resultaron gravemente heridas, por lo que hubieron de ser trasladados al hospital más cercano.
Al día siguiente, cuando desapareció la polvareda que produjo el incidente, descubrieron que no había problema alguno. Lo que ocurrió fue que el suelo se vino abajo dejando ver una especie de cripta de la que antes nadie tenía conocimiento.
Durante varios meses, el pueblo fue un ir y venir de expertos arqueólogos y numerosos historiadores.
De repente un día dejamos de acudir a la cita. Sin haber aclarado ninguna duda y sin indicios de nada. Tan solo un día al llegar a trabajar, el párroco nos dijo que había recibido una carta del obispado comunicando que no podíamos continuar nuestras excavaciones allí.
Yo era uno de aquel numeroso grupo de trabajadores.
A la inmensa mayoría de nosotros les daba exactamente igual eso, se iban a sus casas y oficinas a esperar otro trabajo y listo.
Sin embargo a mi no me fue indiferente este hecho. Con el paso de los años, me arrepiento de no haber continuado allí. Pero es ya demasiado tarde, tengo setenta años y no me encuentro con fuerzas para volver allí.
Es por ello que le pido el gran favor de que continúe la labor que hace veinte años empezamos.
Le ruego se ponga en contacto conmigo.
Atentamente; Manuel López Cuesta
Como ya he dicho antes, hacía al menos cinco años que había recibido aquella carta. Pero en su momento no le hice demasiado caso. Simplemente la dejé olvidada en un cajón del escritorio.
Entonces, tras volver a leerla, decidí ponerme en contacto con Manuel López Cuesta.
Conseguí localizar su número de teléfono, mas me fue inútil. Su mujer me notificó que murió hacía dos años.
Al enterarme de ello, me ocurrió algo parecido a lo que sienten los protagonistas de esas películas que tanto me gustan. No sabría como decirlo… una inquietud enorme ante la idea de realizar un reportaje más allá del periodismo que siempre había realizado.
Nunca había hecho periodismo de investigación, por lo que decidí acceder a la petición de aquel hombre.
Durante al menos dos horas dudé si seguir o no con la iniciativa tomada. Finalmente acepté esta petición como un reto personal.
De nuevo telefoneé a casa de Manuel, esta vez para aclarar dudas sobre su carta.
Conté a su mujer que hacía años recibí una carta de su marido y le relaté por encima lo que en ella se me hacía saber.
Pregunté si por casualidad tenía por la casa algún cuaderno de apuntes o fichas sobre el estudio que realizó en Belmonte su esposo.
Ana, como se llamaba aquella señora, me comentó que guardaba todos y cada uno de los archivos de su marido en el despacho que venía utilizando, y que cuando quisiera podía acercarme a su domicilio a mirar lo que me fuese necesario.
Eso hice aquella misma tarde.
La señora de López Cuesta vivía en un pequeño piso en la zona de Embajadores-Atocha.
Ana me recibió en la salita de estar, yo le expliqué algo más sobre mí y tendí la carta que hace años me envió su marido.
Tras leer atentamente la carta, me condujo hasta el despacho antes mencionado.
Comentó que a su marido le encantaba el trabajo que tenía, por lo que se involucraba especialmente en todos y cada uno de sus proyectos. Es por ello que no le extrañó nada verme allí.
Aún así, le pregunté si no hubiese sido mejor enviarle la carta a un investigador privado o similar en lugar de a un periodista. Tan solo me dijo que cuando su marido hacía las cosas de una manera u otra sus razones tendría.
Me condujo al despacho mencionado con anterioridad. Allí husmeé, abrí cajones y leí archivos de toda clase. Finalmente, en un cajón del escritorio encontré varios cuadernos apilados. En la portada de cada uno de ellos se veía el nombre de un lugar. Busqué y encontré lo que me esperaba: una especie de diario de ruta de las excavaciones de Belmonte.
Cogí dicho cuaderno y me dirigí hacía el cuarto donde Ana esperaba haciendo ganchillo.
Le dije que me llevaría ese cuaderno, ya que pensaba que me serviría de algo.
Me acompañó a la puerta y salí a la calle en dirección a mi casa.
Nada más regresar a ella me puse a hacer la maleta. No me costó mas de una hora, después de la cual cogí mi coche e inicié mi viaje a aquel pueblo.
Una vez allí, callejeé por Belmonte hasta que llegué a un pequeño hotelito cerca de la plaza de correos. Me instalé en una habitación que daba a una estrecha calle, coloqué mis libros y demás cosas en los pocos muebles que la adornaban.
En cuanto estuvo todo más o menos en su sitio salí a pasear. En la ventana de una pequeña casa pude leer “se alquila”. Llamé al número de teléfono que indicaba.
Tras hablar con el propietario esperé a que llegara. Una vez allí pasamos a la casa, ésta me convenció y firmé los papeles precisos.
Después de esto, continué con mi paseo, para más o menos conocer algunos de los lugares a los que posiblemente me necesitaría acudir. Al anochecer regresé al hotel.
A la mañana siguiente nada más levantarme, llevé todas mis cosas a la casa que había alquilado la tarde anterior.
Cogí el diario de López Cuesta, después de haberlo leído por encima y salí de casa. Fui hasta la iglesia. En el interior encontré a un grupo de señoras que andaban allí rezando, también pude ver el gran agujero de la excavación que me comentaba Manuel en su carta.
Pregunté a aquellas mujeres si sabían donde podía encontrar al cura, me indicaron el camino a la sacristía. Efectivamente, allí estaba el sacerdote, leyendo.
Antes de nada me di a conocer:
- Permítame que me presente. Mi nombre es Joaquín Almodóvar y soy periodista. Para más datos, director de “El Correo de la Mancha”.
- Muy bien. - me dijo - Yo soy José Luis Gómez, párroco de esta iglesia. ¿A qué se debe su visita? Porque no creo que quiera hablar conmigo sin ningún motivo.
Me sorprendió lo directo que al hablar era este hombre. Rápidamente le contesté.
- Primero contésteme a una pregunta. ¿Cuántos años lleva aquí?
- No sé a qué tanto interés, pero en fin, el mes que viene hará diez años que estoy aquí.
- ¿Entonces no sabe nada de lo que pasó cuando hace veinticinco años el suelo del coro se vino abajo?
- Usted lo ha dicho. No sé nada, solo algo de que dejaron las excavaciones a medias. ¿Es por eso por lo que ha venido?
- Se puede decir que sí - contesté -. Y ¿no sabe nada del cura que estaba aquí cuando aquello?
- No sé, pero eso se puede mirar en las actas de la iglesia. Si se pasa mañana por aquí se lo digo. Es que ahora estoy ocupado.
- De acuerdo, hasta mañana. Por cierto, le agradecería que no comentase por el pueblo que soy periodista, ya me mira demasiado mal la gente.
Volví a casa. Nada mas cruzar la puerta, caí en que se me había olvidado preguntarle si podía pasar a la cripta.
En lugar de regresar, aquella tarde me acerqué a la biblioteca por ver si tenían algún archivo histórico o al menos recortes de noticias que guardasen relación con todo aquello. Al no encontrar nada que me interesara, regresé a casa y leí de nuevo, esta vez más detenidamente, el cuaderno de Manuel.
En él venían cientos de anotaciones sobre todas y cada una de las cosas que pudieron encontrar en aquella cripta. Estábamos casi en verano ya, por lo que anochecía bastante tarde.
Hacia las ocho de la tarde ya había terminado todas estas cosas y decidí acercarme a algún bar del pueblo para ver si los vecinos podía contarme algo.
No recuerdo el nombre del bar por el que finalmente opté. Solo sé que según iba pasando hacía la barra, todos me miraban como si llevase el nombre “forastero” escrito en la frente.
Quise entablar conversación con un grupo de hombres que había bebiendo en la barra. Pero me fue imposible desviar la conversación hacia el tema que a mí me interesaba. No paraban de preguntar por mi vida.
Como ya le había comentado al cura, no quería que supieran a que me dedicaba. Por lo que les dije que era arquitecto y estaba allí de vacaciones. En realidad no les importaba nada de lo que les dijese, fuese sobre un tema u otro, por lo que regresé a casa.
A la mañana siguiente, como había acordado con el párroco, volví a la iglesia. Una vez más estaba en la sacristía leyendo.
- Ya veo que le gusta leer - le dije -.¿Ha buscado lo que le dije ayer?
- Si me entretengo mucho. Espere, lo suyo lo he dejado por aquí.
Buscó el libro, y me lo acercó señalando con su dedo los datos de su antecesor.
Se podía leer “Jesús Martín Lorca 23 - 05 - 1970” y a continuación todas las anotaciones que hizo hasta que fue cesado el 5 - 01 - 1979.
- Ayer se me olvidó preguntarle: ¿puedo pasar a la cripta que hallaron en las excavaciones que le comenté ayer?
- Supongo que sí, ¿por qué no iba a poder?
Dicho esto, me acerqué hasta una pequeña puerta, que daba a las excavaciones, que habían quedado debajo del nuevo coro. Este hombre me acompañó hasta allí.
- Le dejo a usted sólo, yo tengo que hacer unas cosillas por ahí.
Di la luz en un rústico interruptor que se hallaba a mano derecha de aquella puerta.
Observé cuidadosamente aquella sala desde todos y cada uno de sus ángulos. Tomé notas incluso de cosas que posiblemente fuesen inútiles para mi reportaje, pero en fin…
Todo estaba tal y como lo habían dejado aquellos arqueólogos hace veinte años, nadie se había preocupado de cuidar de aquello. Simplemente habían construido un nuevo coro encima de aquello.
Estuve buscando algo en la cripta durante al menos cuatro horas. Después de hacer bastantes fotografías de algunos de algunos rincones y de tragar bastante polvo volví a casa.
Allí, tranquilamente, sentado en el sillón, leí una y otra vez aquel viejo libro que me había prestado el sacerdote.
Me limité a leer las anotaciones que se habían hecho desde que tuvo lugar el dichoso incidente.
Referente a eso encontré los datos que aquí resumo:
- Aquel 24 de diciembre del ’78 se vino abajo el coro de la iglesia y quedó al aire una vieja cripta, (nada que ya no supiera).
- Que se despidió a los arqueólogos que estudiaban esto a las pocas semanas de comenzar los estudios.
- Un par de meses después se quitó del cargo de párroco de esa iglesia a Jesús Martín Lorca. Por “motivos personales”.
- Tras este despido, se comenzaron las obras de la reconstrucción del coro, eso sí, dejando la puerta por la que el otro día entré yo.
- Cuando se dio por finalizada la reconstrucción, la iglesia quedó a cargo del párroco anterior al actual Víctor Sanjosé Alcántara.
Continué leyendo, pero no hallé más datos de interés.
Tenía la cabeza hecha un lío, por lo que el día siguiente decidí tomarlo de descanso.
Continué leyendo un libro que me había mandado una compañera hacía unos días.
Era de filosofía, algo al estilo de los “diálogos de Platón”, solo que el autor era otro, y otros eran los temas. Por si le interesa leerlo algún día, el título era “razones para ser”, el autor era anónimo, aunque los textos eran recientes.
En una de sus páginas pude ver una imagen que me resultó familiar, no la había visto hacía mucho tiempo. A más velocidad que viaja la luz, vinieron a mi cabeza las siguientes palabras “esto lo he visto en el libro ese de la iglesia”.
Me acerqué hasta la estantería donde había dejado el viejo libro. Busqué las páginas que había leído y exactamente, el símbolo era el mismo. El problema es que no encontraba relación alguna entre los dos libros, ni siquiera conocía el autor del que me estaba leyendo.
Tan pronto como pude alcanzar el teléfono móvil, llamé a la compañera que me había regalado aquel libro. Le pregunté por el autor del mismo y de donde lo había sacado. No le di más explicaciones, pues ya conocía toda la historia. Me dijo que no sabía nada del autor, pero podía enterarse y que lo había comprado en un mercadillo.
Hasta que a los pocos días volví a tener noticias suyas, estuve en casa de brazos cruzados. Ni siquiera volví a subir a la iglesia, pensé que si no había encontrado nada el primer día después de estar allí horas, tampoco lo encontraría entonces.
A los pocos días llegó a Belmonte Pilar, mi compañera. En realidad habíamos trabajado juntos hacía bastantes años, ella se fue del periódico a probar suerte como guionista de cine, pero seguimos en contacto.
Trajo en su maleta varios libros del mismo autor, aunque ninguno de ellos aparecía firmado. Me contó que el autor los había escrito incluso en un psiquiátrico y por no sabía que motivos, no le dejaron firmar sus obras. Estuvo interno desde 1965 hasta que murió en 1985.
Le dije entonces:
- Por casualidad, ¿no sabrás los motivos de su ingreso en el manicomio?
Pero ella venía ya prevenida, siempre va por delante.
- Esta todo controlado. En cuanto me enteré de esto me acerqué al manicomio, como tu dices, en el que estuvo ingresado. Me dieron la ficha...
- Pero si no dejan a nadie coger las fichas - corté su frase.
- Pero da la casualidad de que allí trabaja un amigo de mi padre. Y como el paciente ya hacía varios años que había muerto, no hubo problema. Te he traído su expediente, para que tú mismo lo leas.
Estiró su brazo hacia mí con la carpeta en la mano. He aquí un breve resumen de su contenido.
Aquel individuo atendía al nombre de Ricardo Fernández Martínez. Nació en 1915, por lo que si las cuentas no me fallan ingresó en el psiquiátrico a los cincuenta años y murió con ochenta. Era un hombre, lento de mente, que vivía con su hermano hasta que un día este lo internó en el manicomio. Ejercía de cura en la parroquia de la zona donde vivía hasta aquel día. Las razones que lo llevaron a hacer esto fueron los ataques de nervios que continuamente sufría Ricardo. Además de esto, un día intentó quemar la casa y otro mató al perro con un martillo. Este comportamiento lo tenía desde niño.
Le enseñé entonces a Pilar los documentos de la iglesia en los que aparecía la rúbrica del antiguo párroco con ese símbolo que aparecía también en su libro.
Empezó a reír y me dijo:
- ¿Tienes mucha prisa?, de aquí a dos días estoy aquí otra vez, es que necesito tiempo para poder explicarte una cosa.
- Explícate - le dije algo enfadado.
- Ahora no puedo, o te esperas dos días o no hay nada que hacer.
Finalmente acepté su propuesta, aunque no sabía de que se podía tratar.
Estuve de nuevo otros dos días en casa haciendo nada.
Como había prometido, tras algo menos de cuarenta y ocho horas estaba de nuevo en Belmonte. Trajo consigo varias carpetas que me dio para que las leyese.
En una de las portadas venía el nombre “Jesús Martín Lorca”, el párroco a cargo del cual estaba la iglesia cuando ocurrió el incidente del coro.
Mi cara hubo de ser todo un cuadro, porque una vez más mi compañera comenzó a reír.
Resultó ser que el sacerdote estuvo ingresado en el mismo psiquiátrico que el autor del otro libro. Un buen día se le cruzaron los cables y se escapó del recinto. Le dieron como destino Belmonte, y aquí que se vino a trabajar.
Con el revuelo que se armó cuando ocurrió lo dl coro, su familia se enteró de su paradero y de nuevo vinieron a por él para internarlo en el psiquiátrico. Por ello fue que a los pocos días del accidente desapareciera el párroco.
¿La coincidencia de las rúbricas? Pues yo se lo explico ya mismo: en el psiquiátrico, entre otros talleres, tenían uno de dibujo, y solían hacer símbolos por el estilo de aquel que nosotros conocíamos. Un simple detalle sin importancia.
Era por eso que hacía dos días le había hecho tanta gracia a Pilar ver el dibujo, porque todos los internos tenían la firma parecida.
Solo queda conocer el detalle de la caída del coro y la cripta que apareció debajo.
Fuimos al ayuntamiento a exponer lo ocurrido, claro, omitiendo todos los detalles posibles. Les comenté que tenía indicios de que aquellas ruinas pudieran pertenecer a un edificio anterior a esta iglesia. Finalmente los convencimos para que contratasen a un arqueólogo o al menos avisasen a un historiador.
Por lo que un arqueólogo nos contó, la rotura de los pilares que sujetaban el coro se produjo por una enfermedad que cogió la piedra por la que se iba deshaciendo, hasta que se vino abajo. Y lo que nosotros andábamos buscando, las ruinas subterráneas pertenecían a una antigua iglesia románica situada debajo de la actual.
Sabiendo esto, lo que mi cabeza no llegaba a colocar en sitio alguno era por qué aquel anciano me había mandado esa carta. No quería quedarme con esa duda y fui de nuevo al domicilio de Manuel López Cuesta a hablar con su esposa.
Esta vez la mujer no estaba en casa, aún así pregunté a la criada si ella sabía algo.
Con las declaraciones de esta si que tuve aclarados todos los puntos de esta surrealista historia:
Manuel había trabajado siempre de cocinero en un restaurante del centro.
Tuvo una enfermedad que lo tuvo en cama tres largos años. El tiempo que estuvo en esa situación le entró la manía de inventar relatos, tal era el empeño que en ellos ponía, que algunos de ellos terminó por creerlos.
Lo que más le gustaba era inventar historias sobre hechos reales, noticias que leía en prensa. Probablemente fue este el caso del cuadernillo que tenía entre mis manos, leería alguna noticia relacionada con esto.
Lo que me extrañó fue que cuando fui por primera vez a hablar con su mujer esta leyó la carta y no se extrañó para nada.
La criada me explicó que desde que murió su marido, la señora no había sido la misma, leía y releía cada uno de los cuadernillos de su marido. Era consciente de que eran relatos inventados, pero la hacía feliz el hecho de imaginar estas historias, y probablemente no quería volver a la realidad.
Ahora me toca a mí dar explicaciones, porque se preguntará por qué seguí aquella carta. Pues lo siento, pero es algo que ni yo mismo entiendo. Fue quizá por aquel gusanillo que se producía en mi estómago cuando de niño leía libros de aventuras.
No quise desaprovechar la oportunidad de vivir una de ellas.